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El palacio y la calle

Por Fernando BorroniFragmento del libro «Victorias populares»9 min de lectura

El palacio y la calle son dos espacios en donde la política se recuesta,  se activa, se pone en juego. En el palacio suele ubicarse “el poder”, sobre todos para aquellos que creen que este  es sólo el ejercicio de una estructura de gobierno ya sea política, religiosa o de un sistema económico.  Quienes sostienen este concepto sitúan a “la calle”  como el territorio en donde se lo pone en discusión o se lo legitima. Si bien no es una mirada desacertada, si es incompleta. “La calle” es también un lugar de poder, porque es donde un pueblo se planta, donde visibiliza en sus distintas expresiones de poder y las echa a andar. La calle es la cordillera libertaria de los descamisados de la patria. Subestimar a “la calle” es desmerecer el lugar de la política por excelencia.

Desde el palacio se suelen tomar las decisiones que hacen al quehacer cotidiano de los habitantes. Se definen las medidas que dibujan el presente y garabatean  el futuro de toda una comunidad. En la calle se mide la temperatura de estas, transitan sus consecuencias en estado puro, en madera cruda y es donde se escucha la más maravillosa música, la del pueblo.

No pocas veces “la calle” acusa al palacio de ser el aguantadero en donde suelen regodearse y al mismo tiempo esconderse  un sector de la “clase política”. Aquellos que se lo arrogan todo: la idea de democracia, de justicia y de república. En “la calle, según los ojos del palacio, no pocas veces,  está el desorden, la masa, lo peligroso, lo marginal, lo bruto.

¿Pueden  el palacio y la calle estar en sintonía, romper esos prejuicios, que los gritos del cemento lleguen a los grandes salones y exista un objetivo común? Claro que sí, aunque no ha sido lo más habitual en nuestra historia. Por lo general el palacio y la calle han estado enfrentados, y alguna vez ambos espacios pudieron fusionarse en una misma mirada de pueblo y de país, esto se ha dado en los gobiernos populares de nuestra región. Por aquellos años  la calle dejó de ser del todo calle y el palacio deja de ser del todo palacio y cuando esto aconteció la democracia fue más leal con su propia esencia. Pero en estos últimos años el palacio se aferró cada vez más a su omnipotencia despectiva y autoritaria y la calle lo contrarresto desplegando abiertamente su  resistencia.  Fueron años en los que, escondidos tras las cortinas de las grandes salas, controlaron qué pasaba allí afuera. Se asomaron temerosos y temerarios y ordenaron, una y otra vez,  reprimir esas imágenes que desde abajo incomodan a la impunidad de los de arriba. A “la clase” que a menudo habita los palacios no les gusta la gente en las calles y cuando la calle lo advierte se moviliza a las puertas del palacio y todo comienza a arder.

El 2019 se escapó entre las calles incendiadas de Quito, Santiago de Chile, Valparaíso, Bogotá, entre otras, bajo el fuego del hartazgo, del límite, del calor de una nueva época.

El pueblo chileno dijo ¡basta! y exigió que abran sus enormes ventanas, que salgan detrás de los anchos portones, que ya no quieren vivir en un principado. De igual manera Colombia se animó, como pocas veces lo hizo en su historia, a echarles piedras a los ventanales del castillo. En Quito los indígenas salieron de sus calles de tierra para pisar las aceras hasta las puertas del palacio. En nuestro país por el calendario electoral el palacio abría sus puertas para renovar a sus habitantes, por lo tanto las elecciones evitaron profundizar el fuego de la calle que se mantuvo vivo los 4 años de macrismo. Y a hoy nada está cerrado, nada está resuelto. ¿Son casualidades que estas reacciones se den en forma simultánea? Nada en nuestra historia mancomunada fue casualidad.

Desde el palacio chileno gobierna el multimillonario Sebastián Piñera Echenique que ostenta el puesto número 4 en el podio de los humanos más ricos de Chile con U$2800 millones. Según el último ranking de la revista Forbes, que mide las riquezas de los multimillonarios, alrededor del mundo, Piñera se ubica  en el puesto 859, a nivel mundial. Sólo existen en el mundo 858 personas que poseen mayor fortuna que él. Para  un mundo donde habitan 6000 millones de personas, no está nada mal.  En un planeta en donde el  1% de los ricos del mundo acumula el 82% de la riqueza global ser uno de esos pocos miles debe ser motivo suficiente para no quejarse, al menos.

Los palacios suelen responder a los intereses económicos de estos tipos billonarios, pero en el caso de Chile el palacio está atendido directamente por su propio dueño. Por lo tanto cuando desde la calle se grita que van por el modelo, que el cambio que exigen es por un modelo, están manifestando que van por ellos, que van por él, por Piñera Echenique.

En las paredes de los palacios ecuatorianos, en cambio,  se escribe el futuro con la tinta del traidor: Lenín Boltaire Moreno Garcés quien fuera elegido por el ex presidente Rafael Correa para sucederlo y que por tal motivo y a partir de su apoyo llegó a la presidencia de la Nación, es  quien ha entregado los destinos de su patria a las garras del FMI. Y por eso Quito despertó para alzar su voz. No era lo pactado, no era lo prometido, no era lo votado.

Aún en los palacios de Brasil beben y ríen con cierta impunidad. El monstruo De Jair Bolsonaro llegó al poder porque previamente metió preso al mayor líder de toda la historia de Brasil, Ignacio Lula Da Silva. Fue la proscripción la que permitió al bolsonarismo nazi llegar a la presidencia.  Por estos lados, en Argentina fueron los votos quienes echaron por la puerta de atrás, por los jardines del fondo, al gobierno neoliberal de Mauricio Macri…

Desde los palacios se suele gobernar con las ventanas cerradas; no se huele el olor de la calle, no se escuchan sus gritos, mucho menos se entiende de lo frío de su invierno y de lo asfixiante de su verano.  En los palacios se habla de modernidad, globalización y progreso y en las calles se tiene hambre y quienes más lo tienen son cada vez más niños.

En los palacios se habla de miles de puestos de trabajo que siempre están por venir y en la calle deambulan los trabajadores mal pagos, los desocupados, los explotados. Bajo sus luminosas arañas se habla de la educación del futuro y bajo los magros salarios los maestros abandonan el aula para salir a la calle a oponerse a las políticas del palacio.

En sus largas y brillosas mesas se acumula el capital que se le pide a los organismos internacionales de crédito y el afuera espera que ese dinero llegue en obras, en salud y vivienda, pero jamás derrama. Porque el palacio nunca derrama, jamás derrama…

Desde  allí se ordena la represión y violencia  y la calle se hace cementerio de cientos de muertos, los mismos de siempre, aunque con distintos nombres.

Y así día a día, ante tanta sordera, ante tanta inmoralidad y tanto desprecio por el dolor ajeno, la calle comienza a ser un lugar inhabitable. Y adentro pronto se arman hasta los dientes, y la calle golpea más y más  fuerte…  Y los muros se resquebrajan lentamente, y está bien que así sea…

Los  escribas del palacio buscan que  la sociedad se asuste de la reacción popular, en muchos casos que se asuste de él mismo, de su propia reacción y de la acción de la que forma parte.  “¡Que el orden del modelo vuelva pronto y con él la tranquilidad!”

La reacción popular, el primer grito que busca ser límite, aunque no suena aún lo suficientemente fuerte para quebrar sus cristales son las semillas de posibles y futuras victorias que ya gozan de conciencia, de empoderamiento, de decisión y de acción, pero que sólo se conseguirán si se hacen con tiempo, inteligencia, conciencia, organización y conducción política.

En las calles latinoamericanas se están sembrando futuras victorias y el poder lo sabe. Por eso el 16 de octubre del 2019 el payaso de Luis Almagro, bufón de la embajada norteamericana y Secretario General de la OEA, ante estas revueltas populares escribió un comunicado donde afirmó: “Las actuales corrientes de desestabilización de los sistemas políticos del continente tienen su origen en la estrategia de las dictaduras bolivariana y cubana, que buscan nuevamente reposicionarse, no a través de un proceso de reinstitucionalización y redemocratización, sino a través de su vieja metodología de exportar polarización y malas prácticas, pero esencialmente financiar, apoyar y promover conflicto político y social (…) “Las brisas bolivarianas no son bienvenidas en este hemisferio. Condenamos firmemente la amenaza de exportar malas prácticas y desestabilización a Colombia realizada por ese personero de la dictadura bolivariana (…) La crisis en Ecuador es una expresión de las distorsiones que las dictaduras venezolana y cubana han instalado en los sistemas políticos del continente (…)  La Secretaría General de la OEA reafirma su obligación de proteger los principios democráticos y los derechos humanos, y de defenderlos donde éstos sean amenazados. Asimismo, se mantiene a la disposición de los Estados Miembros en sus esfuerzos para hacer frente a los factores de desestabilización organizados por la dictadura venezolana y cubana”

Luis Almagro y  la OEA parecían no concebir los derechos de los pueblos a peticionar y manifestarse frente a sus autoridades. “Quienes los hacen es porque han sido cooptados por el demonio cubano y venezolano”

Lo que está claro es que el poder se niega a aceptar que en la región se respiran vientos bolivarianos, porque son vientos independentistas. Independizarse del neoliberalismo en sus variadas formas, es la conciencias que sobrevuela en estos tiempos.  Las nuevas cadenas que por estas épocas esclavizan a la región no son otra cosa que las políticas de un modelo que empobrece a las mayorías, y esas mayorías se han echado a andar. Y sí, empujados por los vientos bolivarianos alzan la voz ante la represión y recuerdan palabras de Simón Bolivar: “Maldito el soldado que apunta las armas contra su pueblo” y mientras marchan hacia el palacio para ponerle fin al modelo lo recuerdan nuevamente al libertador: “Cuando la tiranía sea hace ley  la rebelión es un derecho”.

Fernando Borroni