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Ignorancia de clase, una clase de ignorancia

Por Fernando BorroniFragmento del libro «La inquisición Neoliberal»3 min de lectura

La ignorancia es, en muchos casos, una decisión política, enmarcada en una mirada ideología. En muchas sociedades se convive con un conjunto de ideas, de conceptos que hacen a la conformación de una comunidad profundamente ignorante.  Existe, por cierto, un desconocimiento sobre la realidad por el cual se opta, una ignorancia que es elegida.

Esa ignorancia es un tipo de ceguera; la ignorancia política por elección es una conducta suicida y representa la cumbre del éxito de la cultura neoliberal. No querer profundizar en la información, no suscribirse al mundo del espíritu crítico, no tener vocación de interpelar, son conductas que hablan de cierta comodidad o de cierto hacinamiento intelectual. No dudar nunca de nada, o siempre y únicamente de los mismos, es parte de esa ignorancia.

¿Por qué una posición política ideologizada? Porque se apoya sobre ideas falaces, llenas de lugares comunes, que se reiteran como muletillas y que, mediante su repetición sistemática, conforman una matriz de pensamiento: “Yo soy apolítico”, “todos los políticos son una manga de chorros”, “el pasado ya fue”, “no te metas”, “los planes son para mantener vagos”… son todas frases que denotan un simplismo injusto, imbécil que evidencian una profunda ignorancia.

Existe un sector social que se contenta con ser un simple vocero del pensamiento de los otros. Un fenómeno que se exacerba cuando, al vociferar aquellas afirmaciones ajenas, se sienten  parte de una posición social a la cual no pertenecen y a la que difícilmente accedan. Están convencidos de que cuanto más alejados estén de los problemas sociales y las disputas políticas que estos generan, más tiempo tienen para dedicarle a su mundo propio y  abonan su cuota social repitiendo lo que esgrimen aquellos a los que quieren parecerse.

 Ignoran que no existe mayor desprecio por el mundo propio que desconocer lo que pasa en el “ajeno”. No hay “adentro” posible si no se convive con un afuera “prójimo”.

La reivindicación de lo individual es la madre de todas las ignorancias, porque sólo con la fragmentación de los parecidos es que se puede avanzar sobre los derechos del pueblo.

No estamos hablando de esa enorme porción de pueblo que, luego de una exagerada, pero inevitable jornada laboral mal paga, se deja absorber por la televisión como una vía de escape “necesaria” y que carecen del tiempo para nutrirse de lo que sucede allí afuera.  No nos referimos a quienes no llegan a cumplir con las desconsideradas exigencias que conlleva conocer los tiempos políticos y mediáticos. No hablamos, al fin y al cabo, de quienes sufren la imposibilidad de tener tiempo para ello porque son víctimas de la marginalidad de un modelo que pretende que lo ignoremos todo.

La ideología de la ignorancia a la que hacemos referencia echa sus raíces sobre una profunda insensibilidad y florece en la soberbia. Ignorar para “vivir mejor, con tranquilidad” debe ser de las mayores estupideces del ser humano.

La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimiento, sino el hecho de negarse a adquirirlo. El problema de este tipo de ignorante es que ignora su propia ignorancia.

El odio como expresión emocional es uno de los tantos rostros de esa ignorancia. Cuanto más odio se nos inocule desde el poder, es porque más ignorantes nos quieren. El odio es también un instrumento de dominación.

Esta ideología de la ignorancia es funcional al neoliberalismo, pero al mismo tiempo se constituye como la ignorancia propia de la clase que lo defiende. Tal vez porque la ignorancia de “clase” sea una clase de ignorancia.

Fernando Borroni